Giuseppe




Poco han cambiado las cosas
Pepe
por estos pagos
cuando llueve el campo reverdece
y reclama el trabajo de las manos
prácticamente lo mismo
Pepe
que hace ciento sesenta años
cuando sembrabas verduras en tu quinta
y salías a ofrecerlas en un carro
Pepe
prácticamente lo mismo
pero con más adelantos
nada del otro mundo
francamente
máquinas
motores
una pila de artefactos
acaso más complejos
y más sofisticados
pero ni hablar
del hombre emancipado
Pepe
te sorprendería descubrir
lo poco que las cosas han cambiado
Pepe
somos muchos
más solos
y mejor comunicados
y a lo mejor
es posible
lleguemos a vivir doscientos años
pero no todos
Pepe
no todos
engordan el rebaño
acaso las familias bien constituidas
que con trabajo y esfuerzo
progresaron
Pepe
y cambian puntualmente sus motores
sus máquinas
y su pila de artefactos
Pepe
no te imagines
nada raro
sigue lloviendo fuerte en primavera   
y a pesar de todo
nos mojamos
y la hierba crece a todo hora
y nosotros diligentes
la cortamos
Pepe
creéme
no es para tanto
todavía en las calles
la miseria
que transmite esta técnica
de escándalo
Pepe
en cierto punto
nos superamos
y es poco lo que sabemos
de todo
cuanto tocamos
y hay días en que el tiempo
nos aterra
y hay noches
que se escapan de las manos
por eso
Pepe
volvemos a aferrarnos a la tierra
y al fin de cuentas
nos encontramos
no tan distintos
vos y yo
Pepe
promediando los treinta
miramos al cielo
plantamos tomates
y esperamos otra guerra.

Esperando al Precursor de las Aguas



Estoy embarazada. De ocho meses, más o menos. Quizás como éste es mi segundo embarazo, ha sido bastante más estable que el primero. Ahora, ¿qué significa eso de la estabilidad? Que nunca dudé de que éste  fuera el momento perfecto para estar embarazada, nunca dudé de mi compañero, ni de lo hermoso que será darle a mi hijita un hermano y nunca dudé de que nuevamente pariría. Para alguien que vive a través de las dudas y contradicciones, tanta estabilidad en algún aspecto, se sostiene con sombras en otros lugares. Entonces aparece nuevamente el miedo a no poder escribir, una especie de  temor a que las palabras vuelvan a ser tan sólo ese lugar de oralidad y monólogo con los otros. El fantasma  de nunca más tener una idea, o lo que es peor, tener muchas ideas que vayan pasando por mi cabeza, que imagine cómo escribo, cómo encaro un relato, cuál será la voz narrativa, los tiempos, el tono. Que aparezcan los coloquiales diálogos en mi cabeza y ya no pueda sentarme a escribir. Y aunque estas mismas líneas son tal vez el signo por excelencia  de que es difícil que así ocurra realmente- porque hace ya más de un mes que no escribo y aunque he dado vueltas, lo estoy haciendo nuevamente- , no puedo dejar de llorar. Estoy llorando por la posibilidad de vivir una vida sin relatos, por la posibilidad de que las responsabilidades de la vida adulta plena me impidan escribir (llamo vida adulta plena a aquella en la que los adultos nos hacemos cargo de nuestras vidas y de la vida de nuestra descendencia, sean hijos propios o ajenos. Porque la idea de propiedad o su reverso la ajenidad, no debería existir para la infancia).

Entonces pienso en la relatividad de los temores y de cómo puede ser que esté más preocupada por eso, que por cómo he de parir, por ejemplo. Muchas mujeres a esta altura tendrían un bolso preparado por si hay que salir corriendo a la clínica con las primeras contracciones, tendrían por lo menos comprado un camisón presentable para cuando te visiten los parientes y quizás hasta la cuna armada. Y no es que  no piense en esas cosas, todo lo contrario.  Me las imagino tan claramente, que sé que llegado el momento  sólo habrá que actuarlas.

Pero la literatura no funciona como la vida y eso es quizás lo que hoy me preocupa. Al estar tan conectada con los actos cotidianos, con los qué-haceres, con la pura animalidad de la inminencia fisiológica de un parto, con amamantar para alimentar, puede que desaparezca ese metamundo que siempre me ha acompañado. Esa especie de nube de relatos que conviven con mi animalidad. Y lo que es peor, que quizás persistan, pero que no encuentre el momento, el espacio o las fuerzas para sentarme a escribir. Y cualquiera que lea esto, pensará que estoy hablando de la escritura casi como si fuera un acto heroico. Y así lo creo.

¿Tendré, luego de finalizar estas líneas, el coraje de sentarme nuevamente a escribir? ¿Seré capaz de contar una historia, que empiece en algún lado y termine en otro distinto y que además quizás tenga la virtud de portar alguna minúscula novedad en un universo donde casi todo ya ha sido nombrado alguna vez?

De todas maneras no tengo opciones. Necesito desconectar de a poco mi neocórtex, dejar toda esta racionalidad occidental que me gobierna los más de los días y que aparece aún en momentos en los que creo ser pura sensibilidad y cuerpo.

Porque el único momento en el que he sido verdaderamente puro cuerpo, ha sido en mi parto. Y así será nuevamente, aunque no esté de moda parir.

Y cuando hablo de parir pienso en eso de dejarse llevar por un tiempo que no es el tiempo de la vida productiva, los tiempos del capital y el trabajo, no es el tiempo ni siquiera de los relatos. El tiempo de parir es un tiempo desconocido, una nunca sabe cuándo ocurrirá ni cuánto durará. Si será de día o de noche, si hará frío o calor. Si nos sorprenderá cocinando, mandando un mail, haciendo el amor o bañándonos. No sabemos si serán unas pocas contracciones o largas horas de espera, y aunque esto último sucediera, tampoco nos daríamos cuenta. Porque cuando una pare, pierde la dimensión del tiempo. Parir es entregarse a eso que lxs que nunca han parido, llaman dolor. Porque para mí, ese caudal de sensaciones, ese cuerpo que se abre, esos dos animales que pujan por abrirse camino, todo eso, no puede ser nombrado de la misma manera que un dolor de muelas, un calambre o un dolor de cabeza. Debería existir otra palabra para nombrar la intensidad de un parto. 

Para alguien que vive su vida pensando relatos y luego materializándolos en escritos, es muy difícil dejarse llevar por lo puramente corporal. Además mi naturaleza occidental, en la que todo se planifica o se compra, siempre intenta intervenir en esto. Aunque sea en los sueños.

Y aquí estoy en esta pulseada, que por suerte ha de ganar mi cuerpo, estoy segura. Preparándome para parir y por un tiempo, no sé cuánto, dejar a la literatura que siga su rumbo de ficciones organizadas. Y de a poco desorganizarme, partirme, pasearme desnuda jadeando en posiciones extrañas, pujando para que mi hijo se asome al mundo. Como el precursor de las aguas.   


Flor de Cardo. Septiembre de 2013

Claroscuro





Día
Mientras sumo
millas de piernas
repartiendo explícito
la voluntad
de ser un asalariado
ofreciéndome baratito
aclarado en negritas
"pretensiones: mínimas"
Mientras camino, decía,
pienso
que cerca de donde ando
unos monjes se recogen
en silencio
y recomienzan la oración.


Noche
Puntualidad sagrada:
Otra vez las campanas
me arrancan de mis desvaríos
Y cuarto y media menos cuarto y en punto
cuatro veces por cada hora
de insomnio
El sagrado campanario
de enfrente
llena la pieza
de presagios predecibles.

Escena de amanecer como tragedia




Sabía que iba a pasar. Sabía que esto había sido el fin de todo. Que así terminarían los días de emoción, ansiedad, taquicardia. Que así terminaba lo luminoso de la vida. Pero era mejor de esa forma que con una llamada o un mensaje de texto. ¿Era mejor de esa forma que con un mensaje de texto o una llamada?¿Una despedida de la vida con lo mejor que tiene la vida?
Antes del amanecer. Y después, nunca más.
Estaba a su lado aún, en la cama, mirándola con los ojos muy abiertos. Casi sin pestañear. Con una lágrima atrancada. La garganta tragaba saliva.
La de ella también. Respiraban el miedo.
De repente sucedió. La luz de la cortina se definió. Definitivamente el negro se había transformado en azul. Se miraron.
También cantó un pájaro.¿La alondra o el ruiseñor? ¿Iban a caer en la eterna discusión de Romeo y Julieta?
Claro que no.
Despacio se levantó. El cuerpo desnudo que no vería más.
Se puso los pantalones, ajustó el cinturón, afuera todo más luminoso, y su perfil recortado contra la claridad. Levantó la camisa del suelo. Ahora estaba sentado en la cama de espaldas y prendía los botones. Se inclinó por los zapatos.
Más luz. Se levantó. Abrió la puerta. Su espalda se detuvo un segundo. Cerró la puerta para siempre.

Bandada



Llegan en bandadas
las aves
cuando llueve
cuando la fragua del hombre
se detiene
y el pulso inconmovible resignado
se traslada
al refugio obligado de los techos
que con mucha
o poca suerte
protegen las miserias
de las casas
y la tierra revela su entresijo
y rezuma su espuma 
de abundancia
las aves desembarcan
en los patios
y no hay nada que escape
a su mirada
lombrices abatidas en los charcos
semillas
insectos
esos brotes diminutos
que explotan en las ramas
todo se utiliza
bajo el frío
del otro lado de la ventana
mientras nosotros
aprovechamos
para armar un presupuesto
ordenar papeles viejos
limpiar el cuarto
hacer la cama
los pájaros en el fondo
revolotean
buscan
saltan
como en las horas felices
lejanas
de la infancia
hasta que el agua remite
las nubes se disipan
el cielo escampa
y nosotros
puntuales
volvemos a la carga
y se pierde
como un recuerdo
en los confines de la forma
la bandada.

Litoral




Yo no soy de esos gringos que no saben
cuándo dejar de trabajar
me dice mientras cargamos
las herramientas 
y se frota las manos
rugosas
que le moldearon tres décadas
de trabajo en la ciudad.

Yo no soy de esos viejos chacareros
que aunque ya no hagan nada
madrugan igual
me cuenta
y se acuerda de las diez mil mañanas
en la fábrica
cuando la casa 
era un cuerpo en crecimiento
que había que alimentar.

Ahora trabajo tranquilo
y cuando se hace de tarde
salgo a la puerta
a matear.

No tengo miedo
que me vean paspando moscas
y me tilden de vago
que es lo peor que te puede pasar.

Nadie se conforma
ahora
todos quieren más
dice mientras vamos
cruzando la llanura
por el Camino Real
perdida la mirada
en los surcos puntuales de la pampa
mientras recuerda
su infancia en Villaguay
donde sobraba de todo
me cuenta
menos trabajo
pero estaban los amigos
para ir a pescar.

De quince
quedaron cuatro
me explica
los demás nos vinimos para acá
y acá seguimos
por ahora
en Moreno
en Rodríguez
en Luján.

Cada tanto vuelvo
cuando puedo
una vez por año
si hay suerte alguna más
pero también está cambiando
todo por allá
ahora hay más trabajo
es cierto
pero también menos monte
para cazar.

Ya sabés
gaucho
si precisás algo
donde me vas a encontrar
me dice
mientras se despide
y señala la puerta
entornada del hogar
y acordáte que el precio
lo podemos arreglar
a mi no me gusta cobrar caro
sabés
como dice un amigo
¿para que voy a tener frío
si no me puedo abrigar?

Esperando que el Trapax...


Esperando que el Trapax...
 
Invisible como la otra orilla
del Éstige
entreveo la próxima mañana
Aún no llegan los signos
del hundimiento en el agua negra
del ya-no-pensar
El milagro de la farmacopea
es hoy anularse en esta
ínfima ostia amarilla
que trago antes de trepar
a la barca
Buen Caronte espero
con la lámpara ya apagada
que me conduzcas silencioso
por las horas más abismales
de esta navegación.

Mientras tanto




Acá estamos
algunos privilegiados
parados entre dos cuencas
aprovechando
a la sazón
la abundancia pasajera
pensando en lo justo
sin vergüenza
reciclando consignas
alentadoramente viejas
diciéndole a los amigos
de sobremesa:
“cuando ocurra,
voy a estar en las trincheras”.

Acá estamos
los pocos privilegiados
que fuimos a la escuela
y por suerte aprendimos
que al final
todo se invierte
poco resiste
nada queda
y la verdad son esos charcos
que dejan las tormentas
el resto es carne de guión
voluntarismo
romanticismo
puras quimeras.

Acá estamos
los privilegiados mientras tanto
sacándole un buen mango
a la utopía
convalidando el ajuste necesario
de la autoestima
bajando
de vez en cuando
al fondo del abismo
y leyendo los domingos
a los poetas
esos tontos que siguen
insistiendo
“cuando parece que acaba
la vida empieza”. 

Relatos pasajeros



Pasajes negros

Partida
Estaba en el living en medio de una de mis partidas favoritas y me desmayé sobre el tablero. Dulce anticipo: la sangre que no llega al cerebro durante un instante y doña ñata que saluda rapidito aunque sigue viaje. Desperté entre las piezas desparramadas sobre la mesa y el piso. Llamé por teléfono a la emergencia médica. El doctor que me atendió era joven; mientras me tomaba la presión señaló con la mirada al tablero devastado. Se extrañó de que yo estuviera solo. Le expliqué que como no tengo rivales con quien enfrentarme, me entretengo reproduciendo partidas magistrales. Yo tengo el mismo problema, me dijo: hace años que no juego porque no tengo con quien. Si le parece, (aquí ojeó distraídamente mi carnet) don Nicolás, un día lo visito y jugamos, me dijo. Cómo no, m’ijo, le respondí: pero apuresé que ya ando en tiempo de descuento. Él se rió de mi ocurrencia y por todo cumplido me dijo que no me preocupara por lo que me había pasado hacía un momento, que bien medicado iba a vivir muchos años más. En eso quedamos. Claro que no va a volver. Trabajan mayormente con viejos, y necesitan ser amables. Lo comentó por decir algo nomás. Aunque después de que se fue me quedé pensando sobre esa partida que jamás ocurrirá. La infinita, la imposible, la más magistral de todas: un juego cuyas combinaciones imposibles estarán abiertas por siempre.


Pasajes luminosos

Proyección
Locura de estancieros con campos y plata, a éste se le ocurrió construir un frontón en el medio de la llanura, pero al poco tiempo se le pasó el antojo y mandó a que los albañiles abandonaran la construcción.  Lo que quedó allí fue una pared de siete metros por quince, blanqueada a la cal, como mojón solitario de las excentricidades de los terratenientes. Tardó años en caerse sola, pero al principio fue una refulgente pantalla que en las noches claras estimulaba la fantasía de los paisanos de la zona, fascinados al ver desde el camino de tierra ese espejo que refractaba otra vez la luz del sol. El estanciero, en cambio, comentaba con los suyos que el artificio se parecía a los autocines que frecuentaba en la ciudad, pero que éste, en sintonía con el minimalismo de la pampa circundante, proyectaba siempre la misma película, onírica y experimental, en fin, decía y se reía, aburrida.


Pasajes perturbadores

Foto
Nunca había tenido tanta mala suerte en esto de buscar empleo: ya llevaba tres meses repartiendo currículos sin ninguna novedad. No creo en brujas, pero mi desesperación era tal que consulté a una de estas señoras para saber qué pasaba. Es la foto de su cara, muchacho, me dijo la vidente señalando con su dedo mi imagen impresa en la primera página de mi carta de presentación. Le han fotografiado su lado negativo, ¿no lo notó?, la cámara sólo captó sus debilidades y miserias, agregó la vieja. Eso de tratarme de miserable me amoscó un poco, pero miré la foto y fue como verme por primera vez: un párpado medio caído, la mirada huidiza, el rictus de mis comisuras hacia abajo, las ojeras más acentuadas que nunca… Era cierto, ahí estaba el vivo retrato de todas mis bajezas inconfesables. Para sacarme de una vez de mi mutismo la mujer me preguntó con quién me había hecho fotografiar. Di un nombre y ella asintió como si ya lo hubiese sabido. Ese hombre es un amargado, sólo sabe ver lo malo que hay en los demás y se lo transmite a sus cámaras, me explicó. Cambie de fotógrafo y luego insista, fue su consejo final. Así lo hice y pronto empecé a trabajar.


Pasajes anecdóticos

Vocabulario
Al viejo Soriano lo invitaron una vez a cenar en la casa del patrón. Recién lo habían puesto de capataz y no quería quedar como un pajuerano. Ni bien se sentó a la mesa familiar, le trajeron un plato, que le dijeron, era una sopa de letras. Allí empezó a transpirar el viejo, y no por el vapor que le subía hacia la cara, sino porque él era analfabeto y apenas podía distinguir las letras. El hombre tenía miedo de que alguna combinación azarosa formara dentro de su plato una palabrota, por eso no paraba de revolver ese magma humeante que se debatía bajo su cara. Se la tomó enseguida, quemándose por dentro y sudando por fuera. No quiso correr riesgos con eso que los demás llamaban el vocabulario.


Pasajes delirantes

Acuapático
El tío del campo, como lo llamábamos, era un macaneador sin remedio, qué se le va a hacer, pero sus historias nos divertían. Una vez que estábamos viendo esquí acuático por el canal de deportes, nos interrumpió para contarnos que él ya había practicado ese deporte mucho antes de que lo inventaran los yanquis. «Cuando yo era mozo, allá en la estancia donde me conchababa, un día se me ocurrió alimentar a los patos de una laguna con un engorde especial, bien cargado de vitaminas y yo qué sé qué más, que los hacía muy juertes… Si ustedes vieran lo que tiraban esos bichos. Yo era prudente en esperarlos, pero ni bien estaban pa’l asunto, me enlazaba a dos del cogote con la mesma rienda del potro, y ellos áhi nomá meta arrempujar del julepe que les daba. Tanto vieran que me sacaban a la rastra por el agua; andaba yo por la laguna, refalando como esos tipos de la televisión, pero en patas ¿eh? Y meta refalar hasta que los patos medio que empezaban a tomar altura y había que largar las riendas, que si no te llevaban pa’rriba y había que bajarlo a uno a escopetazo limpio nomá. Ricuerdo que al Jacinto, que era medio zonzo, se le olvidó soltarse a tiempo, y empezó a subir el tape y ya se lo veía chiquito vean hasta que lo tuvimos que traer de guelta a perdigonazos … Menos mal que aterrizó en la laguna, que si no no la contaba vean. Ma qué lancha ni calzones ajustados de esos gringos, aquello sí que era dino de verse…».

Domingo




Se llena de turistas  
los domingos,
el periurbano.
Con mi mujer
casi siempre
nos quedamos en casa,
descansando.
Y cuando a veces salimos
a limpiar la zanja
o a cortar el pasto
o vamos al almacén
a buscar alguna pavada
para un almuerzo frugal,
improvisado,
vemos a lo lejos
la chorrera de autos:
rumiando por la ruta
relojeando los carteles
buscando algún remanso
pero intentando,
de todos modos,
no pasarse
no marearse
no perderse
por cualquiera
de los caminos polvorientos
que se internan en el campo.
A veces alguno se detiene;
una familia
una pareja
un grupo de amigos medio escabiados:
“Maestro,
una pregunta,
¿voy bien por este lado?”.
“Pegále derecho nomás,
le respondo,
vas bárbaro”.
Y entonces se aleja
el auto,
y yo vuelvo a casa
con cien gramos de queso de rallar
un tinto peleador
y una lata de duraznos.
A veces pienso que
con mi mujer
nos hacemos los boludos,
jugando a que estamos
en el medio del campo;
plantando árboles
cortando leña
diciéndole a los amigos
cuando llueve:
“tengan cuidado con el barro”.
A veces pienso
que no vemos lo evidente,
el signo elemental del periurbano:
que a algunos metros,
por la ruta,
los coches siguen pasando.
Y de tanto insistir,
ya se sabe
qué ocurre con el cántaro.