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Como en Super 8


Por Flor de Cardo


Cuando pienso en esa época, ya no es en blanco y negro, es a color. Pero no de esos colores a los que estamos acostumbrados ahora, brillantes, indefinidamente numerosos. Son unos colores como vistos en un atardecer anaranjado en el que todo se tiñe de una luz que desdibuja límites más que precisarlos.
Tampoco son ya fotografías porque de los años anteriores quizás guardo imágenes más estáticas y hasta contradictorias entre sí, cada una de esas impresiones se explica por sí misma pero no puede enlazarse a la otra. Aparece una  foto en blanco y negro de mi vieja, mis hermanos y yo haciendo un pic-nic en una plaza porteña.  Ella con un poncho medio subversivo, contándonos unos cuentos infantiles inofensivos pero para entonces prohibidos, como La Torre de Cubos o La Planta de Bartolo. Tengo también una foto familiar en la cabeza yendo a ver un desfile militar, todos vestidos como de domingo con misa saludando a los castrenses como se saluda a un padre cuando se va a trabajar por la mañana: anhelando que no se vaya nunca.
Pero de los años siguientes, aparecen imágenes en movimiento. Como las películas super 8 que filmaba un tío y que hasta la adolescencia nos sentábamos a verlas algunos viernes después de cenar. Hace algunos años que ni sabemos dónde están guardadas.
Veo el barrio, éste donde me crié, con las mismas casas que fueron metamorfoseándose, creciendo y cambiando sus fachadas. Algunos lotes baldíos, que hoy son pura quimera. El asfalto, más nuevo y despoblado de autos. Nosotros jugando al fútbol en la calle, en la vereda, en el club de la esquina, en todos lados. Mi hermana saliendo con sus libros de francés y su pollera tableada, robándose las miradas de los pibes de la cuadra. A esa edad no se sabía si los amigos te querían por la pelota que te habían regalado en el último cumpleaños o porque tu hermana mayor había empezado a maquillarse y a usar polleras cortas.
Recuerdo esas meriendas de chocolatada fría y galletitas okebón, la radio en la cocina siempre prendida y mi madre medio a los gritos que nos llamaba siempre a la misma hora  para hacer la tarea y bañarnos.
Pero los sábados eran distintos, empezaban un poco más temprano, cuando la limpieza general y sus ruidos de enceradora nos sacaban de la cama. Era el día de Acción Católica.
En mi casa no éramos precisamente una familia religiosa, de esas en las que se reza todas las noches y los domingos la salida fija es la misa de la tardecita. Pero mis padres tenían en el espaldar de la cama un enorme rosario de madera con un cristo crucificado colgando, que yo miraba siempre medio de reojo porque me impresionaban sus manos sangrando.
Quizás lo más católico que tenía mi familia era eso de ser buenos amigos de familias religiosas o rotarias. Tal vez por eso, porque la mayoría de mis vecinos  y amigos iban los sábados a Acción Católica, es que yo, aun mirando de reojo el rosario, pedí que me dejaran ir también.
Habíamos vuelto al pueblo hacía apenas unos años, luego de vivir en Capital experimentado lo de ser nuevos porteños en dictadura. Acostumbrados  a los militares pidiendo documentos en cualquier colectivo, haciendo bajar a todo el mundo. Estábamos  acostumbrados a no parecer sospechosos, a comprar juguetes de guerra, mirar películas nacionales de conscriptos y reírnos con ellas, a cuidarnos. Esos años dejaron la sensación de que tenemos que cuidarnos de los otros, de  que todo aquel que no estuviera uniformado podía ser sospechoso. Entonces, si no había nadie uniformado en la familia, ostentar alguno entre los amigos daba cierta tranquilidad o prestigio y creo que lo mismo pasaba con la religión.
Estar nuevamente en el  pueblo se sentía como la libertad. Ya no teníamos que hacer pic-nics en plazas lejanas, podíamos jugar en la vereda con los vecinos y volver caminando desde la escuela.
Esa época coincidió con el final abrupto del combate en Malvinas, luego de las cartas de aliento que escribimos en la escuela para mandarle a los chicos que habían ido a la  guerra. Coincidió con la caída en picada de la falsa euforia nacionalista motivada ya desde el último mundial y con la venida del papa a nuestro país con toda la gente reunida en el boulevard de mi pueblo para verlo pasar. Pero la imagen más colorida es la vuelta de los adultos a las aulas para votar. Las imágenes de las boletas y de los papelitos panfletarios volando libres por el aire, tienen por primera vez un aroma a esperanza. Es triste pensar que el escenario donde se había desarrollado mi niñez hasta ese momento tenía más que ver con una película de suspenso que con un cuento de hadas. La violencia estaba acechándonos de alguna forma en cada lugar, el miedo estaba siempre presente, por sobre todo dentro de los adultos que nos cuidaban. Aunque no se hablara de ello en nuestra casa, todo ese miedo se respiraba.
Acción Católica era entonces un espacio al que ni mi madre ni mi padre me hubieran mandado obligadamente, pero al que no se opusieron porque estaba dentro de la normalidad de la época. Los pibes que querían jugar al fútbol los sábados a la mañana y dos veces al año irse de campamento, iban a Acción Católica.
Es probable que si contaba en mi casa sobre el funcionamiento de mandos tan similar al de la formación militar, con castigos parecidos a los que recibía por aquella época cualquier colimba, me hubieran prohibido seguir yendo, por eso todo se mantuvo en secreto.
Éramos de los más chicos, los más indefensos. Pero eran tales las ganas de jugar al fútbol, de tener un equipo, que nos bancábamos los malos tratos de los más grandes. Eran comunes los saltos en rana y tener que aplaudir cardos con la mano cuando hacíamos alguna macana. Después de algunas de las penitencias hacíamos un esfuerzo doble por demostrar nuestro interés en pertenecer al grupo. Llegamos a apropiarnos de esas canciones que cantaban los más grandes como demostración de la valentía en el potrero y en una especie de cruzada. Nosotros las cantábamos sin entender muy bien qué significaba lo que decíamos, sólo sabíamos que nos hacía más fuertes y poderosos que los demás. Es el día de hoy, que cuando por televisión miro alguna manifestación de jóvenes católicos pienso si todavía cantarán  eso de  Aquí  está la Legión / de la JAC/ la moderna cruzada/ Juvenil Escuadron que nació bajo el sol de la fe.
 A luchar sin temor/ por la patria a vivir de mañana/ A luchar con tesón/ por el triunfo de cristo su Rey.
Si muero en la batalla/ sin inclinar la frente/ al rayar la aurora triunfal/ será mi sueño realidad.
Con los años, fui cruzándome con ex correligionarios, algunos de mi edad, otros de los más grandes, de esos a los que obedecíamos. Todos tomamos rumbos muy distintos, pero  podría decir que ninguno siguió vinculado a la iglesia.
Varios de los más chiquitos esperamos para participar del campamento de verano y luego no fuimos más. En mi caso me incomodaba también que mi hermana participara del grupo para mujeres y que fuera acusada de cambiar demasiado de novio. Con el tiempo se deben haber dado cuenta de que eso de tener separados a niñas y niños, mujeres y hombres, más que mantener la castidad, aumentaba el deseo. Todos sabíamos que llegada cierta edad, si eras varón de la Industrial o de la Agraria, había que rondar cerca del colegio de las Hermanas. Era una especie de fórmula que difícilmente fallara.
Fui encontrándome, luego de varios años, con vendedores de seguros, empleados, docentes, algunos profesionales y hasta con un dirigente trotskista, que evidentemente entendió que la  liberación pasaría por otro lado y se puso entero al servicio de la Revolución. Nunca supe que fue de la vida de Marcos, quizás el más hostigado de todos. Es que él era dulce, hablaba despacio, siempre estaba prolijo y practicaba patín artístico. Corrían los primeros años de los ochenta y todos esos eran signos de ser puto. Tal vez Marcos lo era, pero en esos tiempos la mejor habilidad que podían tener los putos era saber ocultarlo bien, así, más o menos sobrevivían. Recuerdo que años más tarde vimos por primera vez Otra Historia de Amor, una película con Arturo Bonin y Mario Pasik. Yo era  casi un adolescente, pero en mi casa me hicieron  cambiar de canal apenas ellos dos se besaban. Otros compañeros de mi edad ni siquiera supieron de la existencia de esa película, para las familias seguía siendo más fácil de explicar los besos que se daban dos protagonistas heteros, previa fajada del tipo a la mina.
A Marcos le decíamos “Hermano Amor” y le cantábamos canticos especiales para denostarlo por su supuesta condición de homosexual. Repetíamos esos versos como los de las cruzadas, sin saber muy bien qué tan profundo podían marcarnos. Aun así, él insistía al igual que nosotros, en querer ser uno más, en permanecer en el equipo, en llegar al tan deseado campamento de verano.
Pero la pregunta que nunca me había hecho, y que recién después de muchos años, amores, viajes, después de haber terminado la facultad y hasta después de haberme recostado en un diván, decidí hacerme fue: ¿cuándo dejé de levantarme los sábados temprano para ir a Acción Católica?
 No es que me quitara el sueño la cuestión, pero esa parte de mi  infancia tiene el valor de ser una historia bastante secreta, algo de mi niñez que no ha sido narrado por mis padres, que permanece virgen de explicaciones adultas dentro de mi cabeza, lo cual es en sí mismo casi una excepción.
Hay uno de mis compañeros de aquellos años, Pablo, con el que seguí en contacto. Un pibe del barrio que vivía a una cuadra de mi casa. Jugábamos al fútbol, a la mancha, a la bolita. Después fuimos juntos a la secundaria y a pesar de que ambos siempre fuimos muy testarudos y por  eso, mucho tiempo no nos dimos bolilla, seguimos siendo amigos por casi treinta años. Como buenos cuarentones, nos juntamos desde hace una década una vez al mes con otros amigos, a comer asado y a repetir infinita cantidad de veces las mismas anécdotas, aportando alguna que otra vez un nuevo condimento para hacerlas sobrevivir otros tantos encuentros. A veces llevamos integrantes nuevos al grupo, como en La Cena de los Tontos, para llenar quizás ese vacío que tenemos los hombres a la hora de narrarnos en el presente. Vivimos de anécdotas y sino, de temas que ameritan una posición  casi ideológica, como el fútbol, la política y la religión. Por eso, ayudados por el etílico abundante no pocas cenas terminamos medio trenzados y muy enojados pensamos lo pelotudos que son los otros, que no entienden nada.
Cuando asumió Francisco, el Papa argento, obviamente no fuimos ajenos a las repercusiones y la sobremesa  de aquel viernes fue un extenso debate sobre las implicancias en nuestras vidas de que la Iglesia Católica tuviera nuevo mandatario y que justo, fuera argentino.
Entonces, recordamos la venida de Juan Pablo II, nuestras comuniones y confirmaciones, hablamos de la última vez que cada uno había ido a misa, que coincidía con el bautismo de alguno de los hijos nacidos en los últimos años. Yo fui quien sacó el tema de Acción Católica y aunque muchos habían pasado por esa experiencia, parecía como borrada de sus memorias. De a poco nos acordamos de los campeonatos de fútbol y de los famosos campamentos de verano. En un momento, se precipitaron en mi memoria y en la de Pablo unas imágenes que ambos teníamos guardadas pero que nunca habíamos recordado.
 Pablo estaba saltando a una varilla, de esas de caña, finitas, de las que duelen mucho si te pegan. Pablo saltaba sin parar porque uno de los más grandes lo estaba castigando, seguro había dicho una mala palabra, o se había agarrado con otro pibe por la pelota. Cosas de chicos, obvio. Pero los saltos de rana, lo de aplaudir cardos con la mano o arrodillarse en maíz no eran los únicos castigos posibles. Te podían poner a esquivar una varilla durante media hora si querían y si no tenías buenos reflejos, te volvías a tu casa con las medias bien arriba para que no se vieran las marcas rojas en las pantorrillas.
De a poco me fui acordando de algunos ruidos, de los gritos de los otros chicos que seguían jugando en la canchita al fútbol, medio lejos.Recordé que yo estaba en el partido, pero que cuando vi que se lo llevaban a Pablo, salí de la cancha y  los seguí, quedándome cerca de su penitencia. Quizás los más grandes no se habían dado cuenta de que yo estaba allí, o tal vez sí lo sabían, y pensaban que el amedrentamiento funcionaría por partida doble si me dejaban estar en la escena.
Pablo saltaba con tanta bronca e impotencia, que aún con el esfuerzo que hacía para esquivar la varilla, tenía restos para llorar. Yo, lloraba en voz baja, con mucha culpa por no poderlo ayudar. En estos treinta años que pasaron, jamás habíamos hablado de aquello.
Esa noche en el asado, Pablo me dijo que la sensación que le había quedado de aquella vez, es que yo había sido el único que se quedó a su lado, el único que prefirió ver a seguir jugando, el único que lo estaba acompañando. Aunque en ninguno de los dos lugares, allí o jugando al fútbol, hubiera podido hacer nada. Tal vez por eso, aun con todas los peleas de la adolescencia y las veces que cada uno pensó que el otro era un boludo, seguimos siendo amigos.
Yo recuerdo la imagen de Pablo saltando la varilla y llorando, y entonces vuelve esa sensación en mi cuerpo de la arbitrariedad, de lo impuesto, de lo débil que sigo siendo para evitar lo que me duele.
Pero al menos, una de esas tantas noches de vino, asado y repeticiones en las que parece que no se dice nada nuevo, que no hablamos de presente sino de puro pasado, he podido responderme por qué dejé de levantarme tan temprano los sábados y algunas cuantas elecciones que hice en los años que siguieron.



Relatos pasajeros



Pasajes negros

Partida
Estaba en el living en medio de una de mis partidas favoritas y me desmayé sobre el tablero. Dulce anticipo: la sangre que no llega al cerebro durante un instante y doña ñata que saluda rapidito aunque sigue viaje. Desperté entre las piezas desparramadas sobre la mesa y el piso. Llamé por teléfono a la emergencia médica. El doctor que me atendió era joven; mientras me tomaba la presión señaló con la mirada al tablero devastado. Se extrañó de que yo estuviera solo. Le expliqué que como no tengo rivales con quien enfrentarme, me entretengo reproduciendo partidas magistrales. Yo tengo el mismo problema, me dijo: hace años que no juego porque no tengo con quien. Si le parece, (aquí ojeó distraídamente mi carnet) don Nicolás, un día lo visito y jugamos, me dijo. Cómo no, m’ijo, le respondí: pero apuresé que ya ando en tiempo de descuento. Él se rió de mi ocurrencia y por todo cumplido me dijo que no me preocupara por lo que me había pasado hacía un momento, que bien medicado iba a vivir muchos años más. En eso quedamos. Claro que no va a volver. Trabajan mayormente con viejos, y necesitan ser amables. Lo comentó por decir algo nomás. Aunque después de que se fue me quedé pensando sobre esa partida que jamás ocurrirá. La infinita, la imposible, la más magistral de todas: un juego cuyas combinaciones imposibles estarán abiertas por siempre.


Pasajes luminosos

Proyección
Locura de estancieros con campos y plata, a éste se le ocurrió construir un frontón en el medio de la llanura, pero al poco tiempo se le pasó el antojo y mandó a que los albañiles abandonaran la construcción.  Lo que quedó allí fue una pared de siete metros por quince, blanqueada a la cal, como mojón solitario de las excentricidades de los terratenientes. Tardó años en caerse sola, pero al principio fue una refulgente pantalla que en las noches claras estimulaba la fantasía de los paisanos de la zona, fascinados al ver desde el camino de tierra ese espejo que refractaba otra vez la luz del sol. El estanciero, en cambio, comentaba con los suyos que el artificio se parecía a los autocines que frecuentaba en la ciudad, pero que éste, en sintonía con el minimalismo de la pampa circundante, proyectaba siempre la misma película, onírica y experimental, en fin, decía y se reía, aburrida.


Pasajes perturbadores

Foto
Nunca había tenido tanta mala suerte en esto de buscar empleo: ya llevaba tres meses repartiendo currículos sin ninguna novedad. No creo en brujas, pero mi desesperación era tal que consulté a una de estas señoras para saber qué pasaba. Es la foto de su cara, muchacho, me dijo la vidente señalando con su dedo mi imagen impresa en la primera página de mi carta de presentación. Le han fotografiado su lado negativo, ¿no lo notó?, la cámara sólo captó sus debilidades y miserias, agregó la vieja. Eso de tratarme de miserable me amoscó un poco, pero miré la foto y fue como verme por primera vez: un párpado medio caído, la mirada huidiza, el rictus de mis comisuras hacia abajo, las ojeras más acentuadas que nunca… Era cierto, ahí estaba el vivo retrato de todas mis bajezas inconfesables. Para sacarme de una vez de mi mutismo la mujer me preguntó con quién me había hecho fotografiar. Di un nombre y ella asintió como si ya lo hubiese sabido. Ese hombre es un amargado, sólo sabe ver lo malo que hay en los demás y se lo transmite a sus cámaras, me explicó. Cambie de fotógrafo y luego insista, fue su consejo final. Así lo hice y pronto empecé a trabajar.


Pasajes anecdóticos

Vocabulario
Al viejo Soriano lo invitaron una vez a cenar en la casa del patrón. Recién lo habían puesto de capataz y no quería quedar como un pajuerano. Ni bien se sentó a la mesa familiar, le trajeron un plato, que le dijeron, era una sopa de letras. Allí empezó a transpirar el viejo, y no por el vapor que le subía hacia la cara, sino porque él era analfabeto y apenas podía distinguir las letras. El hombre tenía miedo de que alguna combinación azarosa formara dentro de su plato una palabrota, por eso no paraba de revolver ese magma humeante que se debatía bajo su cara. Se la tomó enseguida, quemándose por dentro y sudando por fuera. No quiso correr riesgos con eso que los demás llamaban el vocabulario.


Pasajes delirantes

Acuapático
El tío del campo, como lo llamábamos, era un macaneador sin remedio, qué se le va a hacer, pero sus historias nos divertían. Una vez que estábamos viendo esquí acuático por el canal de deportes, nos interrumpió para contarnos que él ya había practicado ese deporte mucho antes de que lo inventaran los yanquis. «Cuando yo era mozo, allá en la estancia donde me conchababa, un día se me ocurrió alimentar a los patos de una laguna con un engorde especial, bien cargado de vitaminas y yo qué sé qué más, que los hacía muy juertes… Si ustedes vieran lo que tiraban esos bichos. Yo era prudente en esperarlos, pero ni bien estaban pa’l asunto, me enlazaba a dos del cogote con la mesma rienda del potro, y ellos áhi nomá meta arrempujar del julepe que les daba. Tanto vieran que me sacaban a la rastra por el agua; andaba yo por la laguna, refalando como esos tipos de la televisión, pero en patas ¿eh? Y meta refalar hasta que los patos medio que empezaban a tomar altura y había que largar las riendas, que si no te llevaban pa’rriba y había que bajarlo a uno a escopetazo limpio nomá. Ricuerdo que al Jacinto, que era medio zonzo, se le olvidó soltarse a tiempo, y empezó a subir el tape y ya se lo veía chiquito vean hasta que lo tuvimos que traer de guelta a perdigonazos … Menos mal que aterrizó en la laguna, que si no no la contaba vean. Ma qué lancha ni calzones ajustados de esos gringos, aquello sí que era dino de verse…».

Ahí está



Ahí está, sentada en su silloncito de mimbre. Parece un sapo con pelo de Mafalda, con zapatitos de nena pero cara de grande, chiquitita, aplastada en su asiento con las piernas colgando. Cada vez que paso por la esquina desde la ventanilla del colectivo doy vuelta la cara si veo que está, que la silueta se recorta contra la pared de ladrillos de su casa vieja.
Ya casi no voy a los cumpleaños en casa de los Barzone, va a estar ella. Siento algo espantoso cuando la veo, cuando los veo. No es miedo, yo lo llamo impresión, o mamá lo llama así. Me da bronca cuando dicen que Les tengo miedo, sé que no me van a hacer nada, sólo no quiero su existencia, nada que tenga que ver con ellos. No los nombro ni los puedo ver escritos.
La noche del domingo le pedí a mamá que me prestara un libro de un pintor que se llama Velázquez, bueno, había uno en una lámina, le vi la cara, el cuerpo no se veía. Ella me dijo que no, que no era, pero yo sé que es.
Otras veces me pasa que aparecen de golpe, en las calles del centro, o en la puerta de la escuela, cuando menos me lo imagino, para darme en la mano un billete falso de cien pesos que es la entrada a un circo. Se quedan con el brazo extendido y yo no puedo mirarlos y me voy caminando rápido, aturdida y con el corazón galopando.
Un día fui al kiosco a comprar una revista de historietas, me compré Los Picapiedras, bueno, a cada rato Pedro le decía eso a Pablo. Tuve que tachar cada palabra que nombraba eso. Si no lo hacía iba a quedar en la repisa, ahí, iba a estar ahí entre los libros, agazapado. Como el nombre de ella: Sarita.
Tengo un libro que se llama Mi Museo Maravilloso, hay un hombre en la parte de los retratos. Le digo a mamá que ese hombre tiene cara de eso y mi mamá ya está cansada y no sabe como ayudarme. Entonces decide llevarme a lo de Hugo. Hugo es el psicólogo.
Espero en el recibidor mirando una revista que me llevo desde casa. Hugo me hace entrar en una habitación con muebles lindos, sillones marrones suavecitos, una alfombra y una biblioteca. También tiene un escritorio y nos sentamos a charlar ahí.
Voy una vez por semana, a veces dibujo, a veces miramos un cuento o yo juego sola  con los animales y muñequitos.
En la biblioteca tiene toda la colección de los libros de María Pascual. Cómo me gustaría tenerlos a todos en mi casa, hay unas princesas y sirenas tan lindas, nunca vi caras tan hermosas. Me da vergüenza pero de a poco me voy animando a pedirle alguno para mirar. Él me ofrece prestármelos, que los tenga una semana y se los devuelvo la próxima. Eso me hace feliz. Como me haría feliz el olor de la revista nueva que compro en el quiosco de la esquina, el de la leña quemándose al lado de mi cama, las hojas secas que aplasto con mis botitas Kickers nuevas.
Si no estuviera eso. Siempre ahí, siempre presente para aparecer.
Mamá me insiste para que vaya al bautismo del nene de Barzone, me dice que Sarita se va a dar cuenta de que no voy porque le tengo miedo y que ella quiere tanto a los niños…se pondría triste si se diera cuenta. Aunque seguro que ya lo percibió por mi cara y porque nunca estoy en la misma habitación donde ella está. Mamá no se imagina cómo sufro por eso, por la bondad, por la inocencia encerrada en ese estuche horrible, y agrega -inútil consuelo- ella ya está grande, pobrecita, pronto se va a morir, seguro, no tiene muy buena salud, (pobre mamá, no sabe que me está matando al decirme que la única forma de liberarme de ella es su muerte), no puedo entender encontrar la paz a partir de la muerte de alguien, me hundo y me duele.
Martes otra vez. Estoy sentada en el sillón marrón y Hugo se me acerca arrodillado, de repente tengo su cara, su nariz respingada y sus anteojos respetables al lado de mi hombro, que me imploran:
-Yo soy un enanito ¿No me vas a querer si soy un enanito?
Me molesta y me avergüenza. Pero lo miro, ahí, abajo, parece un nene con la cara grande, un poco monstruo. No puedo decirle nada, pero me sale un “Y…sí” , aunque creo que es mentira, o no sé si es mentira, no sé si es posible amar a lo que más temés.

Sábado. La iglesia me marea si miro tan alto. Voy cruzando la plaza y mirando las muñecas con vestidos de colores y capelinas que nunca me van a comprar, mamá y papá dicen que no son lindas, a mí me encantan, quizás la tía me compre una. En el parque Ameghino ya hay muchos chicos que están pintando en el concurso. Busco a Marga, encuentro la cabeza rubia y el delantal, yo también tengo un delantal para no mancharme,
-¿Qué vas a pintar? -le pregunto.
-Este árbol, me gusta el tronco, ¿vos?-me responde apoyando en el pasto una caja de madera con pinceles y témperas.
Miro para todos lados, pero vuelvo a la estatua de esa mujer gris con una túnica y el pelo recogido detrás de la reja en el patio del museo, está adelante de un árbol con naranjas. Espero que mi dibujo se parezca mucho, que pueda mostrar lo que me pasa cuando miro ese árbol, las naranjas y la estatua.
-Voy a hacer el árbol de naranjas y la mujer ésa-le digo a Marga mientras pienso que sus botanguitas a cuadros azules y blancas son tan lindas como para pintarlas.
La acuarela da unos colores mucho más claritos que la realidad, no me sale como quiero. Se nota el lápiz. No me está gustando.
Miro para arriba,se acerca un grupo de gitanas, los vestidos son de colores muy brillantes, gasas amarillas, rosas, verdes. Son como seis, hay algunas nenitas con vestidos iguales pero chiquitos.
Pero hay una que no es una nena…desvío la mirada y viene el temblor de nuevo, me sube mucho calor, aunque esta vez es un poco más suave. Trato de concentrarme en el dibujo.
Para colmo las gitanas nos empiezan a rodear.
Una voz como disco de muñeca me habla por detrás del hombro. Me doy vuelta y veo una cara ancha que mira mi dibujo: estoy temblando pero tengo que responderle:
-Perdón, no te escuché - le digo.
-Que está muy lindo el mandarino, dan ganas de comer la fruta - Habla como una española.
Ella tiene ojos verdes y perfume dulce. Su frente es enorme, pero sus ojos son muy brillantes. Por mi cabeza pasa la cara de Hugo ¿No me vas a querer si soy un enanito?
No sé qué hacer. ¿Qué hago?
Marga la mira y le dice -¿querés dibujar?
-No, me tengo que ir. ¿Te puedo decir cómo va a ser tu suerte? -Me dice.
-No tenemos plata - le dice Marga sin levantar la vista de la pincelada
-No importa ¿Me das la mano? - me la toma con cuidado.
Sus ojos miran para abajo y parecen cerrados. Nunca vi un enano tan de cerca, el calor se va yendo. Ellla sigue hablando y dice la palabra fortuna a cada rato mientras me acaricia la mano abierta hacia arriba.
Mi papá vino a buscarme, lo veo por allá lejos.
Volvemos a casa. Tengo el tercer premio del concurso de pintura. Un juego del Cerebro Mágico.


El piso de lajas enceradas refleja los zapatos de todos los que tienen copas y bocaditos en la mano en lo de Barzone.
La gente habla fuerte. Van a tocar la guitarra. Todos se acercan a los acordes.
Avanzo despacio. Me abro paso entre la gente, con mi hermanita de la mano, Los zapatitos de nena, como los míos, cuelgan de la sillita.
Intento pasar con la mirada en el piso, pero al acercarme levanto la vista, la miro y le digo
-Hola.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Allá era sábado

 
A Martine Toé, que me ilumina con su recuerdo

Tenían la piel oscura, tirando al negro o al amarillo, algunas eran muy altas, otras más bajas, las  más bajas eran las de la Polinesia, y llevaban el pelo negro trenzado hasta la cintura y conjuntos de tops y faldas de telas coloridas de flores.
Las más altas son de África, de las colonias francesas, había dicho mi mamá.
Las de África usaban pañuelos como turbantes en la cabeza y de la misma tela unas túnicas ceñidas al cuerpo, que insinuaban tremendas mujeres negras. Ahora esos trajes típicos se han tranquilizado y se han vuelto más monacales, siempre étnicos.
Luján se había engalanado con estas pobladoras exóticas, que en grupos caminaban a la iglesia para misa de siete o andaban en un auto familiar azul.
Había algunas que eran blancas, muy rubias, pero esas se vestían como una novicia típica, como las de acá. Grises y azules marinos con zapatos bajos, y eran señoras mayores, de más de 50 años.
L’eau Vive, se llamaba el restaurant.
Es una congregación de monjas francesas, tienen restaurantes en todo el mundo, había dicho mi mamá. Pero qué raro esto de que tengan restaurantes ¿no? Ellas dicen que hacen el apostolado de la mesa, pero viste lo que cobran? ¿Adónde va esa plata? Andan bastante  desnudas para ser monjas, decía la gente.
- Anoche fuimos a cenar a Aguas Vivas con las chicas - dijo mi tía Ángela - La gente va  a comer para mirarlas y darse corte, porque es caro ¿viste? nunca falta algún tipo desubicado que les dice algo…como Cacho Ventimiglia, que ya te conté, pobres mujeres, me las imagino llegadas de esas tribus medio salvajes
El olor de los productos de la peluquería era intenso y me hacía estornudar, mi tía también tenía un turbante, pero de plástico y chapa plateada, era el secador. Ella hablaba  a los gritos debajo de eso, yo nunca me pondría debajo de eso cuando fuera grande, te convertías en una monstrua, como mi tía.
-¿Viste que una de las negras tiene unas cicatrices en la cara como quemaduras?Gritó mi tía.
Yo miraba a mi muñeca negra, ella tenía la piel perfecta, sin cicatrices, y su vestido no era como el de esas negras, era un vestido de nena con volado rojo con lunares. Es una negra candombera, había dicho mi abuela. La peluquera me había puesto los frasquitos de vidrio chiquitos con sombrerito en una bolsa para que no se rompieran, yo los apretaba y hacían ruido.
-Ángela, esas cicatrices son marcas rituales que les hicieron en las tribus donde nacieron, dijo mi mamá.
-O sea que tenían otra religión antes, entendió mi tía
-Claro, seguro que eso se lo hacen como bautismo, o cuando se desarrollan, a mí me encanta la que tiene las marcas en la cara, viste que alta que es?  Es hermosa.
Mi mamá le hablaba como si le enseñara las cosas, como si fuera una nena mi tía, pero mi tía era más grande, y soltera.
-Bueno, hermosa como decir hermosa… lo que sí tiene unos pechos… grandes ¿viste? Pero no se le caen, bien dura, la negra.
-¿Y qué comieron?
-Pollo al champignon, riquísimo, un plato bien francés ¿viste? Porque ellas son francesas y si vas a un restaurant francés te sirven comida de allá.
Mi mamá le había dicho a papá que la tía iba siempre con las amigas a L’eau Vive y que él la había llevado sólo una vez y que la tía le decía Aguas Vivas, que no tenía nada que ver con el nombre, porque esa palabra quiere decir “El agua viva” y viene de la biblia porque Jesús dijo que él era el agua viva, y que a la gente de Luján se le ocurre decir Aguas Vivas y que muchos comen pollo al champignon porque no se animan a probar otros platos que son deliciosos   porque no saben comer.
Mi mamá estaba feliz, yo también. Era sábado y el sábado era un día feliz, todo lo que hiciéramos un sábado era feliz.
Mientras ellas hablaban yo disimuladamente miraba una revista Nocturno que me había prestado mamá, que tenía unas fotonovelas en blanco y negro donde había fotos de besos. Mi muñeca negra estaba acostada al lado, en otra silla.
De pronto aparecen en una página Romeo y Julieta caminando de la mano por una calle de piedra, pero él está vestido como de ahora y ella con un vestidito mini, el pelo lo tiene igual que en el balcón, suelto y largo.
Mamá tenía un álbum con fotos de la película Romeo Y Julieta. Julieta era hermosa, tenía los ojos verdes y el pelo bien lacio y brillante y largo. La abuela me prometió que me iba a hacer una peluca de pelo bien largo. Julieta tenía un vestido que le levantaba las tetas que se le salían bastante del vestido, Romeo usaba siempre calzas y se le notaban mucho las bolas, a mí me molestaba mirar esa parte, porque no le quedaba bien, mamá me había dicho que en la época medieval se usaban las calzas pero a mí me alivió verlo en esa foto con pantalones anchos y una chaqueta con una polera, era más varón.
El baño es una nube de vapor. Mi cabeza mojada se sacude con la toalla y las manos de mamá. La muñeca negra está al lado, el vestidito se le humedeció  un poco. No la baño conmigo porque se le arruinan las trenzas, es la muñeca más linda que tengo, la quiero porque es negra, aunque no tiene nombre. Es mi muñeca negra.
Llueve afuera del auto de la tía Ángela camino a la iglesia. Mamá dijo que después íbamos a comprar comida hecha. Y si después de comer miran una película de Función Privada la felicidad del sábado es completa.
Llegamos a misa de ocho en  la Iglesia grande. Hay pocas luces y la voz del cura suena con un eco. Hay un olor que me dijo la abuela que es de velas. Está Mariano. Están las negras también. Todas con vestidos largos y cantan muy serias, ellas cantan muy bien, porque son monjas
-¿Mamá. Me puedo ir a sentar al lado de las negras?
- Andá.
Pero Mariano viene corriendo y me dice que vayamos a jugar a la casita.
-No vayan a hacer ruido.
La casita es un confesionario muy chiquito, que dice mamá que le resulta incómodo a los curas y por eso no lo usan.
Entramos y yo siento a la muñeca negra al lado mío.
Cerramos la puerta y miramos para afuera a través de los agujeritos.
Más allá, la gente hace cola para tomar la comunión.
Las negras están todas juntas y yo salgo de la casita y me voy corriendo a parar al lado para verlas de cerca cuando comulgan. La negra que está al lado mío tiene el vestido dorado, como el de una virgen que está por allá atrás y que lllora.
El cura estira el brazo y le da una comunión hermosa, blanca y redonda a la negra. Ella abre bien grande la boca y estira la lengua y la cierra. Debe ser rica la comunión.
Vuelvo caminando despacito a su lado y me arrodillo con ella en los bancos.
Cuando se para yo me paro también, me mira y se ríe y me acaricia el pelo. Me acerca al costado de su pierna  y deja la mano en mi hombro.
Mariano está al lado mío. Le digo al oído
-¿Y la muñeca?
No la tiene.
Voy corriendo a la casita.
No está.
El cuerpo se me dobla de dolor. Voy a buscar a mamá.
Me abraza.
La robaron. Hay tanta gente que entra a esta iglesia. Gente que no es de acá. ¿Por qué la dejaste sola? ¿Ahora qué hago? Llorar.
La cama está fría.
Vete a tu lecho frío y caliéntate dice mi papá. Siempre dice eso. La cara me arde de llorar. Sol parada en su cuna me mira. Está seria porque no juego con ella. Ahora está sentada, habla sola y juega con sus chiches. Mamá se sienta en la cama y me canta una canción de Romeo y Julieta. Me voy aflojando. Miro el fuego de la estufa. Hace un ruidito lindo. De a poco va apareciendo el vestido rojo de Julieta que baila palma con palma con Romeo y después una negra que me abraza y me lleva al baile con ellos.